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Me llamo Gladys y soy del siglo pasado

La mejor forma de sentir qué tan viejo es nuestro nombre es cuando vemos a los niños que nacieron del 2000 para acá.

Me llamo Gladys y soy del siglo pasado

Dime cómo te llamas y te diré quién eres. Eso es cierto. ¿No le parece que todos los que se llaman Rubén, Humberto o Fidel, tienen el mismo aspecto?

Por Samuel Giraldo.
Imagínese que usted es una chica y que yo la invito a salir para presentarle a un amigo que se llama Oswaldo, o mejor a un amigo paisa que se llama León Jairo.

Sin necesidad de concretar la cita ni de ir a algún lado, hay un ciento por ciento de posibilidades de que los personajes sean como se los imagina. El paisa, por ejemplo, tendrá unas 12 camisas de cuadros en su clóset, es un culebrero las 24 horas del día, tiene un carro “color comercial” y no se preocupa por corregir el gen lexical que lo hace pronunciar sin sonrojo: “sentarsen”, “abrise” o “vamos al ésito”.

Y si es Oswaldo, la cosa es más complicada. ¿Cómo le dirían de pequeño? Tal vez “Osgual” o “Valdo”; mejor “gordito”, pero tuvo que haber vivido una infancia muy triste llena de penas y pocos amigos. Tal vez su papá le puso así porque era seguidor de un futbolista de la época que se llamaba Oswaldo Marcial Palavecino.

No nos digamos mentiras. Hay nombres de viejos como Fernando, Alejandro, Miguel, Carlos, etc. Y otros más viejos como Rogelio, Libardo, Ovidio, Otoniel, Emiro, Adriano, Omar, Mario, etc.

Esa situación a un hombre le imprime carácter, pero para las mujeres es todo un trauma social contemporáneo. Mientras alguien llamado Olmedo se siente orgulloso de su obsoleto nombre y lo camufla con cientos de explicaciones históricas o familiares, una mujer que se llame Mercedes, Teresa, Adelfa, Ligia, Orfidia, Rita, Inés, Ofelia o Carmen, la va a pasar mal, máxime si sólo tiene 20, 25 ó 30 años.

Dejémonos de pendejadas, nadie querrá salir con alguien que se llame Amparo, hasta no verla. Sentirá que está saliendo con una tía, con una amiga de su mamá o con una profesora de su infancia.

La mejor forma de sentir qué tan viejo es nuestro nombre es cuando vemos a los niños que nacieron del 2000 para acá. Es decir, los verdaderos del nuevo milenio. Esos pequeños cumplirán 10 años en un mes y, ciertamente, ya han adquirido el valor social de sentirse los más jóvenes. No sé si se habrá dado cuenta que a uno de estos niños le causa absoluta fascinación la gente nacida en años que comiencen con mil novecientos tantos… Sus más cercanos son modelo dos mil, dos mil uno, dos mil dos, etc. Mientras que los más raros son mil novecientos y tantos… Siglo pasado, para ellos.

¿Cómo se llaman esos chiquitos? Nacieron en una época en que se pusieron de moda nombres otrora viejos, como Emilio, Samuel, Nicolás, Camilo, etc. Pero las versiones más modernas de los niños del milenio se llaman Mateo, Tomás, Lucas, Jerónimo, entre los hombres, y entre las mujeres, está la sempiterna María y otros traídos a valor presente como Luisa, Laura, Sofía, Ana, Raquel, Violeta. O ‘hippescos’ como Luna, Milagros, Aurora o Mar.

A no ser de que se viva en Medellín, Cali o Cartagena, ya casi no se escuchan nombres mañés en niños pequeños como Wilson, Jairo o Wbeimar. Es como si los padres del 2000 para acá se hubieran dado cuenta de que si le ponen nombres hostiles a sus hijos era condenarlos socialmente. Obvio, son padres corporativos en donde es mejor tener un nombre que no llame la atención y que los deje desarrollarse libremente. Por eso, si tiene planeado tener hijos este año, o mejor, arrancando la segunda década del 2000, fíjese en cómo los llama, pues puede condenarlos al fracaso.